SUBIR AL INVIERNO
- Javier Asensio

- 9 dic 2025
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 10 dic 2025
A los paseantes
Viena es una de las mejores ciudades que yo conozca para pasear pues tiene calles realmente secundarias, que permiten a uno alejarse de verdad de los coches y de las personas, del ruido, y ello aun a plena luz del día. En este sentido, sus noches son, a nada que uno se esfuerce un poco, sencillamente increíbles. Y es que pasear por una ciudad vacía no es moco de pavo; reparador de los agravios causados por el tamaño de las cosas. La ciudad, vacía. Esto es algo que hay que imaginar, un deber.
Así le aconsejé a un amigo —pese a que yo no soy dado a tales excesos— en cierta ocasión en la que, desmoralizado por el curso reciente de sus acontecimientos personales, me abrió el corazón. No que paseara sino que recordase, lo que él siempre había sido y de lo cual me había dado suficientes pruebas en los largos años que ya duraba nuestra amistad. El siempre fue un paseante y para animarlo, le recordé eso, que la ciudad en la que ahora vivíamos era de las más indicadas para darse a esta forma de ser.
Sin embargo mi amigo parecía haberse empeñado en los últimos tiempos en dejarse ser, por todo lo otro, las cosas y las personas que lo rodeaban, sus nombres, su peso implacable. Había soñado con la gloria. Escribía para ella. Se había vuelto, en suma, imbécil; y a mí esto me apenaba al mismo tiempo que me dejaba estupefacto.
—Habría que hacer un diario —me dijo aquella noche—. Como soy incapaz de escribir lo que proyecto, al menos desglosarlo para dilapidar el enervamiento y ostentarlo después por trozos, como quien presume de una cicatriz.
A mí esto me pareció una barbaridad y le engañé para cambiar de conversación. Hay ciertos asuntos que el pudor debería enterrar en el hoyo más profundo que tenga a mano (aquella noche una botella de Schnaps), si no es capaz él solo de cavar uno mediante sus propias fuerzas. Nos refugiamos entonces en lugares comunes, el anecdotario de la infancia, las complicidades que trabaja una vida común, las mujeres y los hombres que no nos quisieron. Cuando la botella hubo tocado fondo, permanecimos en silencio durante un periodo de tiempo que a mí, con aquellas palabras suyas revoloteándome todavía dentro de la cabeza, se me antojó inmóvil. Atendí a su habitación. Parecía prestada. Un lugar de paso. Recuerdo que pensé que esto no era una ventaja ni tampoco algo miserable. Era un hecho. Los pájaros cantan, las estrellas se distancian, las noches tienen sombras veladas en la solitaria penumbra. Hay palabras y hay agua. A veces no hay nada. La verdad, y esto también era definitivo, es que estábamos borrachos y en silencio.
Y bien, lo rompió como un niño desairado rompe un juguete. —He acabado de leer Respiración artificial —dijo—. No he entendido nada. Me ha gustado mucho. Estoy empezando Dietario voluble. ¿Será posible que ahora me ponga a escribir un diario? ¿Seré toda la vida el monito que juega con las ramitas que se encuentra accidentalmente?
Fue suficiente. Me incorporé, puse mi mano en su hombro con estúpido paternalismo y sonreí. Algo dije, para consuelo, poco y torpe. Él se recuperaría, cavilé. O tal vez no. Hay pudores que desaconsejan meterse en el fango ajeno. Salí de la habitación a la noche solitaria y avancé velado por la calle en penumbra y me perdí en mis propias consideraciones inútiles. Pensé que yo mismo nunca había entendido más de una reflexión a la vez. Normalmente ni siquiera llego a entender una. Pensé que, por lo demás, que se pueda llegar a concluir la cadena de palabras que dan con un pensamiento, es algo que no sabría si llamar milagroso. Puede que sea en realidad una perspectiva horrorosa. Me lo imaginé entonces, al pensador, una vez emitida sentencia, sentado en el sillón, con el gesto de unos calcetines gastados por el uso, apesadumbrado por su logro, en el medio de la soledad, él y su trono, rodeados por la ubérrima extensión de la ignorancia de la que él mismo se ha expulsado y a la que, seguramente, querría volver.
El viento soplaba sin añadir con ello nada a mi respiración del momento, demasiado metafísica. Tuve, lo confieso, un arranque de vanidad y quise desafiarle concluyendo con una filigrana lo que era una vulgaridad, común y manida, que tal vez nos sea imposible alcanzar la verdad precisamente porque nos imaginamos el horroroso vacío al que nos arrojaría y por ello nos saboteamos.
Pues sí, quedaba muy digna, semejante sentencia. Muy dramática. Intensa. La ignorancia, supuse, bien puede ser un tema de la mentira, su forma ornamentada, con la que nos cubrimos y protegemos nuestra dramática desnudez. Alcé la vista y miré, por última vez, la luz de la ventana de mi amigo, suspendida en la negrura semejaba la llama de una candela; y pensé en Simón de Beauvoir, quien creía que no es la verdad lo que tememos, sino la exigencia de transformación que trae consigo. Porque con frecuencia lo que ocurre es que preferimos seguir siendo algo ya definido, limitado, antes que asumir nuestra libertad. El sabotaje es una elección disfrazada de impotencia.
¿Eran los schnaps de hoja de pino, que se me habían acabado por subir a la cabeza? Porque justo entonces y bajo la quebradiza luz de la ventana, me dio por comprender cosas, que la ignorancia no nos protege del vacío, sino de la obligación de cruzarlo, y que por lo tanto no es, como a veces creemos, una cuestión de saber o no saber, sino un asunto de mera valentía y de tener pies, de dar un primer paso e incluso si ese paso se da lleno de asombro y perplejidad; y luego quizás otro y luego otro más y en fin, caminar. La ignorancia por contra nos mantiene donde ya estamos, en la postura conocida incluso cuando duele. Nos exige apenas un asentimiento cansado y poco más, una reseña mínima, un comentario inofensivo, lo justo para no perturbar el agradable horror en el que vivimos. No es extraño que uno se aferre a ella como a un abrigo viejo en una noche fría. Mi amigo lo hacía a su manera, dejando en blanco todas las páginas que pensaba, y yo, con todas mis palabras altisonantes, seguramente que también, pero decidí por esa noche interrumpirme antes de avergonzarme.
Y mientras daba en todas estas sutilezas mataluces, la de la ventana se apagó, cosa que la noche aprovechó para recordarme que estaba filosofando por encima de mis posibilidades. No quedaba mucho por decir allí. La calle en cambio, esperaba, fría, silenciosa y honesta. No necesitaba disimular.
Me subí el cuello del abrigo. Qué de tonterías hay que soportar para consolarse uno. Aquel abrigo con su cuello forrado eran ambrosía. Avancé bajo la noche solitaria en medio de la penumbra y salté a Franz Kain, el casi desconocido autor austriaco, para traerme el bello comienzo de uno de sus cuentos: nada pierde uno si se aleja de esta época del año y sube al invierno, árido y claro.
Al fondo de la calle el empedrado respondió a mis pasos con un suave claqueteo.

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