Donde se le aparece la Virgen y discurren sobre Platón, el evolucionismo social y el transhumanismo, la poesía y el horror
- Javier Asensio

- 21 abr
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 4 may
Reflexiones sobre la autoayuda y la poesía
La cosa empieza en el cuarto de baño con un video de los tantos que abundan flotando por ahí en la red. Flotan como placton, como ideas platónicas a la espera de encarnarse, o como parásitos mentales buscando cabezas que fagocitar.
—¿Lo qué?
—Lo que sea.
En el video, un chico joven, psicólogo o tal vez psiquiatra, aparece articulado, informado y, evidentemente, inteligente. Su discurso, en esta ocasión, tiene la sospechosa amabilidad de confirmar mi sesgo. Pero, como ando concentrado en excretar un poderoso y ácido mojón cervecero, me dejo llevar por el suave arrullo del algoritmo.
El chico, no sé su nombre ni me he molestado en buscarlo, habla del reduccionismo biológico. Este concepto está tan presente en los discursos más superficiales de hoy día. Esos que pretenden que el mundo sea un constructo natural, resultado de la dopamina, la serotonina y la adrenalina que circulan por nuestro cuerpo. Discursos que, hasta la fecha, solo han servido para justificar el evolucionismo social más grosero y casposo. Al final, el gurú de los abdominales y el tecnócrata del futuro son el mismo animal.
En este caso, el chico anónimo denuncia estas formas de política extremista para oponerse a la autoayuda. No hace falta decir nada sobre ella. Tampoco sobre el fascismo.
La crítica a la autoayuda
El caso es que nuestro protagonista, en cierto momento, hablando sobre una conocida divulgadora de la serotonina, dice que “nos pide que bailemos mientras el mundo arde”.
A este chico psicólogo o psiquiatra, esto le parece fatal. Se explica: tras la serotonina y el cerebro, hay estructuras sociales y culturales que determinan nuestro carácter y patologías tanto o más que las hormonas.
Correcto. Y la nutria se zambulle con un suave chapoteo. Ou, yea beibi.
“Mas mi maravillosa esperanza, oh compañero, la abandoné una vez que, avanzando en la lectura, vi que mi hombre no usaba para nada la mente, ni le imputaba ninguna causa en lo referente a la ordenación de las cosas…”
Y yo me levanto y deambulo por la casa, perseguido por esa línea que flota alrededor de mi cabeza. Tanteándome con sus apéndices, me habla, me susurra, me quiere:
Baila mientras el mundo arde.
Joder, me digo, ¿cuántos poemas no habré leído yo con idéntica exhortación?
Baila mientras el mundo arde.
Y entonces el horror se manifiesta ante mí como una pregunta, la más insidiosa de cuantas me haya podido hacer: ¿acaso la poesía y la autoayuda están tan cerca la una de la otra?
La búsqueda de respuestas
—Virgencita mía, ¿son acaso posibles estas cosas y otras así de raras? ¿O es pecado pensar así?
—Javier, ¿qué has desayunado?
—Un café.
—Mira, hazme un favor, anda a la cocina y hazte unas tostadas con jamón y tomate, que el día es largo y lo vas a necesitar.
—Gracias, señora.
—De nada, para eso estamos.
La poesía como refugio
La poesía ha sido siempre un refugio. Un lugar donde las palabras se entrelazan, donde los sentimientos se desnudan. Pero, ¿qué pasa cuando la poesía se convierte en un mero consuelo? ¿Cuando se utiliza para evadir la realidad en lugar de confrontarla?
En este sentido, la autoayuda y la poesía pueden parecer dos caras de la misma moneda. Ambas buscan ofrecer respuestas, pero ¿son respuestas válidas? ¿O simplemente son parches que nos impiden ver la verdad?
La verdad detrás de las palabras
La verdad es que, en ocasiones, la poesía puede ser un bálsamo. Pero también puede ser un espejismo. Nos invita a soñar, a reflexionar, a cuestionar. Sin embargo, no debemos olvidar que la vida real sigue su curso. Las estructuras sociales, las injusticias, los horrores del mundo no desaparecen con un verso bien escrito.
Es fundamental encontrar un equilibrio. La poesía puede ser una herramienta poderosa, pero no debe ser nuestra única forma de entender el mundo. Debemos aprender a combinar la reflexión poética con la acción.
Conclusión
Así que, mientras me preparo unas tostadas con jamón y tomate, me pregunto: ¿cómo podemos utilizar la poesía para enfrentar la realidad? ¿Cómo podemos hacer que las palabras se conviertan en acciones?
La respuesta puede estar en la conexión entre la poesía y la vida. En la forma en que ambas pueden complementarse. Quizás, al final, la clave está en no dejar que la poesía se convierta en un refugio, sino en un trampolín hacia una vida más consciente y comprometida.

1 José Rizal, Mi primera inspiración.



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