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El hombre intermitente

Formas de oscuridad

  • Foto del escritor: Javier Asensio
    Javier Asensio
  • 4 may
  • 6 Min. de lectura

Compactos: Jack London, Gorgias y Wittgenstein, Eugenio d'Ors, Vila-Matas, Virgilio, Beckett


Esta mañana me he despertado antes de que la alarma sonara por culpa de un fuerte dolor de cabeza, una forma de migraña que padezco desde que era niño. Antes de tomarme ningún medicamento, me hago un café. Bueno, el café —se escribe así, precedido del artículo determinado—, a veces me funciona; y mientras espero a que la cafeína haga su poderoso efecto mágico, vivificante, y como es bastante temprano, me siento a leer. De inmediato sucede que las páginas se entremezclan con los restos del sueño y con el sol que sube por el firmamento, un poco como un insecto equivocado treparía por la pared buscando una salida a algo que no sabe muy bien qué es. Un sol, por demás, lento y pesado, oscuro; de luz negra.


Por mi cabeza quejosa comienzan a desfilar ocurrencias que no tienen nada que ver con el libro que sostengo, aunque tal vez sí con esta extraña luz negra y la oscuridad de la que estoy intentando salir a base de cafeína, amaneceres y lecturas, y así me acuerdo de Jack London, en concreto de un cuento suyo, o tal vez novela corta, de 1912, y no sé por qué ya que el autor estadounidense no me parece propio de la estirpe de los escritores oscuros, aunque sin duda vivió y escribió desde su oscuridad natural, que es desde donde se escribe siempre. En “The scarlet plage” un profesor de inglés narra el apocalipsis del año 2073 cuando una epidemia diezma el planeta y destruye la civilización. El profesor sobrevive entre una tribu de niños asalvajados quienes habiendo nacido en ese mundo, ni recuerdan la historia ni tienen palabras para nombrarla; él se convierte en el narrador y transmisor de la memoria, de los logros científicos, técnicos y culturales ahora perdidos; trata por todos los medios de convencer a los niños de su cuento, de que otro mundo es posible, de que hay muchas cosas allí fuera que son maravillosas y que se pueden entender sin que por ello pierdan un ápice de su magia. Pero duda al hablar, se entristece y se impacienta, se enfada, el relato va y viene entre la objetividad y la desesperación y las prisas y el rencor; y al final no consigue convencerlos de nada; lo que les ha contado es pura fantasía y los niños salvajes, muy similares a los de “El señor de las moscas”, otra gran novela posapocalíptica, se burlan del viejo profesor desdentado. El mundo se ha destruido y hasta que vuelva a rehacerse solo existirán la oscuridad de la ignorancia, la superstición y la brutalidad.


Por supuesto, a raíz de este relato, una parte de la crítica se empeñó en llamar visionario a London tras la pandemia de coronavirus; aunque lo más probable es que London solo se adelantara en varias décadas a un subgénero de la ciencia ficción, y que lo que de verdad proyectó —con una precisión que incomoda— fueron nuestros miedos más modernos: el derrumbe de la civilización, la amenaza global, la destrucción del ecosistema. La oscuridad cayendo por nuestras manos como el telón final a nuestra patética obra de teatro.


Aunque quizás solo soy yo mismo, aquí, con la cabeza todavía dolorida y el café ya frío, preguntándome si no me pareceré un poco a ese viejo profesor desdentado: contándome a mí mismo, en la penumbra de la mañana, que hubo o habrá un mundo mejor, que hay cosas maravillosas ahí fuera que se pueden entender sin que pierdan su magia. Sin estar del todo seguro de que alguien, incluido yo mismo, me escuche.


Una novela postapocalíptica sobre pandemias
El apocalipsis vende mejor en bikini.



Y mientras saboreo mi café y observo avanzar fuera este sol de luz negra, voy dándome cuenta de la cantidad de oscuridades que andan sueltas por ahí, muy en especial en la literatura, lo cual no deja de ser sorprendente teniendo en cuenta que las palabras parecen pensadas para comunicar, lo que en principio es justamente lo contrario a la oscuridad. Aunque por otra parte solo de manera forzada y convencional se ha decidido esto mismo, que las palabras refieran a cosas, las cuales explican, algo que por supuesto es más que dudoso. De hecho una buena parte de la tradición filosófica consiste precisamente en esto mismo, en dudar de las palabras, desde el pirronismo y la sofística, con Gorgias y su famoso “nada existe pero si algo existiera, sería incognoscible y si aún así lo pudieramos conocer, sería incomunicable”, hasta los llamados giros epistemológicos del siglo XX, con Wittgenstein a la cabeza.


Este último, por cierto, dio una respuesta directa a la duda de Gorgias sobre la comunicación. Wittgenstein argumentó que es imposible tener un lenguaje privado, un lenguaje que solo yo entienda para mis sensaciones internas como el dolor, ya que el lenguaje es esencialmente social y público; si no pudiéramos comunicar nuestras experiencias ni siquiera podríamos tener palabras para pensar en ellas.


Es quizás por esto que se dan formas de oscuridad bastante claras, por ejemplo en el reflejo de mi café, cuyas reverberaciones en la superficie, al mover la taza, me alzan y me sumergen en estas cavilaciones, como un pequeño mar privado que me arrastra. El mar oscuro de la poesía. Y a propósito de esto, fue Chesterton quien nos avisó sobre cierto poeta que era oscuro porque al parecer todo lo que este quería decir le parecía tan claro que no veía la necesidad de explicarlo.


La poesía como oscuridad propia del entendimiento, el núcleo intransigente que subyace a este. ¿Acaso violaba el principio de comunicación aquel poeta con sus versos tortuosos y sus imágenes herméticas? Quizás es esa una oscuridad que sirve para provocar en el lector el destello de la comprensión, igual que cuando un rayo de luz penetra en un líquido y se desvía. Refracción, así lo denomina Juan Manuel Gil en “Un hombre bajo el agua”. No nos dice mucho sobre el líquido ese rayo de luz torcido, pero ese desvío en la oscuridad muy bien podría ser el comienzo de una historia o de una idea. Un pequeño desvío de la realidad, nada grave, solo un poco.



La cafeína va funcionando y comienzo a notar cómo el dolor se disipa, lo que no me da ninguna claridad. Por lo general lo que sucede a continuación, si el remedio del café funciona, es que la cabeza se me vuelve corcho y me quedo algo espeso por el resto del día, pese a lo cual sigo tecleando, porque el rectángulo de luz negra que avanza sobre el muro de ladrillo que tengo en frente lo merece. Si no se tiene a quien escribir, al menos encontrar algo.


Supongo que de esto último alguien como Eugenio d’Ors diría que es confuso como mínimo. Y es que el filósofo español fue famoso por dos cosas al menos: odiaba lo vago, lo confuso y lo puramente emocional. Para él, el sentimiento es "caos" y la palabra, el intelecto, es el "cosmos" que lo ordena, cosa que hacía en sus glosas, breves comentarios en los que procuraba captar la esencia de la cultura —”todo lo que no es tradición es plagio”, decía, porque la palabra era para él un vehículo de historia y, en este sentido, de civilización y orden, de cosmos, de claridad—.


Lo otro por lo que es conocido es por su estilo tremendamente barroco. Se dice de hecho que, tras dictar una de sus glosas a su secretario y preguntarle si estaba claro, recibió un "perfectamente", a lo que d'Ors respondió sin ponerse rojo: “¿Se entiende? Pues oscurezcámoslo un poco.”



El relámpago de luz negra sobre el muro de ladrillo ha desaparecido y con él, mi café y casi por completo mi dolor de cabeza. La palabra clave aquí es ese “casi”, una delgada línea que hace que las cosas no lleguen nunca a ser del todo lo que en potencia creemos que deberían ser. Y posiblemente sea mejor así; en demasiadas ocasiones se confunde el deber ser con lo que es y nunca nada bueno ha salido de ahí. No voy a ponerme político, prefiero permanecer un poco más a la sombra de esa línea de sombra que es el “casi”.


También Vila-Matas suele escribir desde la tenebrosa línea de la oscuridad, o al menos lo hacía uno de sus personajes más célebres, el doctor Pasavento, ya se sabe, ese lugar desde el que no es dable contemplar la caída de una hoja que toca el horizonte, no sabemos muy bien si se trata de las hojas amarillas del tiempo o de las hojas de la literatura. Posiblemente no importe. El horizonte es en todo caso un abismo, y el avezado doctor Pasavento un formidable explorador que se mueve como los de Virgilio, avanzaban hacia el inframundo “oscuros bajo la noche sola entre las sombras”. ¿Pero es que existe otra forma de avanzar? Me pregunto ya instalado plenamente en el cénit de este formidable sol oscuro de luz negra.


Y sí, me respondo. Porque también está la oscuridad de quien parece no avanzar en absoluto porque prefiere sentarse oscuro en el cuarto solo y entre las sombras de un cuaderno a escribir mientras fuera hace sol, que no hace sol.

 
 
 

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