Avanzar
- Javier Asensio

- 20 abr
- 5 Min. de lectura
Goethe, IA y la muerte de internet, Arsuaga y Chesterton, náufragos y capitalismo, poesía de la dinastía Tang, autoayuda y croquetas, carreteras secundarias.
Querido lector:
como dijo Goethe:
Querido Guillermo:
Mucho se habla de la muerte del internet. La internet muerta. Muerta o zombi; y a mí lo único que siempre me ha preocupado al respecto es su género: ¿el internet o la internet? Lo internet. No sé, no me decido.
También veo que mucho se habla de los textos que se escriben con IA. En una conversación con Millás, Juan Luis Arsuaga comentó cuánto le sorprendía que, teniendo inteligencia artificial y pudiendo usarla para resolver problemas reales y profundos, técnicos, científicos, médicos, la cura del cáncer, la eficiencia energética, etc., nos dedicásemos en cambio a derrochar con ella millones de litros de buena agua potable en producir textos. En escribir.
Y no sé si todavía se habla de ello pero estas defunciones vienen a sumarse a otras tantas campanudas: la muerte de Dios, la muerte de la Historia, la muerte del sujeto, la muerte del autor, la del libro físico, la de la novela, la de la verdad, la del canon, la del futuro, la de la privacidad y la del espacio público, la de la soberanía, la de Timothée Chalamet, la de los sims, la de los Simpson, la del rock, la de las croquetas de jamón a precios populares. Creo que por morir hasta la muerte se murió.
Agarró unos kilitos últimamente, ¿no?, la muerte, digo.
Va, solo era un chiste político.
En cualquier caso la muerte es general y no me parece que se limite a internet. Pues sí, hay capitalismo: poder en lugar de sentido —músculo, garra, juventud, los viejos y solventes valores nazis; y hete aquí que alguien lo ve y se sorprende y además nos lo dice: La internet ha muerto, ¡viva la internet! Qué magnifica sorpresa debe de ser descubrir el mediterráneo. Lo digo sin ironía. Es como lo de aquel náufrago del que hablaba Chesterton, quien tras perderse en el océano recalaba sin saberlo en las costas inglesas y, loco de alegría, bautizaba su campamento como Nueva Londres. Bueno, hay más ejemplos en la historia. En todo caso a Chesterton el suyo le servía para hablar del cristianismo: no es nuevo pero se llega a él con sólida alegría —uno además añadiría lluviosa e insípida, o lo que es peor, con salsa de menta.
A mí ahora mismo me importa más el náufrago, que en esencia es un viajero radical y que en este ejemplo parte para acabar volviendo, lo que es una forma muy enrevesada de avanzar.
¿Por qué dejamos morir tantas cosas? Así, sin ceremonia, como a animalillos en la cuneta de una carretera secundaria, la AL600 una pálida mañana de invierno. ¿Tal vez porque no le encontramos sentido al esfuerzo que supondría mantenerlas con vida? Consume mucho Dios, eso es verdad; y un autor ni te cuento, un verdadero despilfarro.
O tal vez sea porque frente al poder, que es fácil, directo y ejecutivo, el sentido se nos ofrece como algo difícil, enrevesado y dilatorio, requiere de mucha labor; no es inmediato, no es fácil porque no está ahí mismo; es decir, que se parece demasiado a un pretexto para mantenernos en marcha; y es agradable abandonar los pretextos a la mitad, produce cierta sensación de soberanía mandarlo todo al carajo y sentarse a hacer scroll porque es falso y horroroso el mandato de la autoexigencia —por eso he querido hablar de labor y no de trabajo—, pero de todos modos, al final, del día uno necesita haber creado algo para no sentirse como un trapo; y los proyectos, al igual que los viajes, rara vez se sostienen por lo que son, sino por lo que prometen.
Los viajeros del futuro son los más radicales de todos porque son auténticos náufragos agarrados a un tablón y un puñado de clavos a la deriva de su propia sonrisa, una que solo ellos parecen entender.
Ha terminado el verano. Cada cual vuelve a lo suyo. Yo leo. Kassel no invita a la lógica. De ahí tomo una idea: hacer avanzar un relato con un mcguffin. Un objeto sin relación con lo que importa. El halcón de El halcón maltés, por ejemplo, o todos los comienzos de capítulo de los Simpson y, en general, cualquier comienzo que prometa algo que no piensa cumplir, como un viaje. La alegría funciona igual: no importa qué es, importa que actuemos como si importara.
Todo lo escrito hasta aquí cumple esa función. No lleva a ninguna parte y sin embargo me ha producido júbilo el escribirlo. Tiene algo de jubiloso este gerundio, escribiendo; resplandece. Además, ¿es que esta vida nos lleva a alguna parte? Resulta inquietante: hay muerte y hay promesas incumplidas, hay dolor, y aun así, no pocas veces, estamos contentos. Es todo un prodigio.
Y se me ocurre que quizá el asombro y la alegría sean eso: una estructura sin contenido propio, como el cero en álgebra, algo que no es nada en sí mismo pero sin lo cual el sistema no funciona. Un vacío, un fulgor en la noche alrededor del cual levantamos una arquitectura de ficciones, ocurrencias, temores y esperanzas. Porque al final del día no basta con haberse limitado a acumular cosas, sensaciones y orgasmos. Cuando oscurece se necesita algún trazado sobre el que avanzar, por más retorcido que sea, por más oscuro y confuso, aunque no sepamos si hay progreso o si es solo nuestra propia perplejidad la que avanza.
“Sueño primaveral. No advierto el amancer
hasta que suenan trinos por doquier.
Anoche oí un chubasco con su ruido.
Dime: ¿cuántas flores habrán caído?”
Lo Bingwan
Querido Guillermo:
Conviene encontrar la alegría. No por optimismo sino por economía de recursos: además, no quieres convertirte en esa vieja decrépita de gafas ahumadas que sobrevive de saltarse turnos en los supermercados y replicar con mucha educación, cuando uno se lo hace notar, disculpe, es que por este ojo no veo nada; y se te coló.
Toma la lección, Guillermo, pues esa aparición de huesos y pellejo son las parcas, furtivas y tuertas pero capaces de ver el hueco con su único ojo oblicuo y adelantarte por la derecha, para frenarte en seco.
No es fácil avanzar, no. Y sí, el mundo está mal y todo es una mierda, las circunstancias son muchas veces ingratas, incluso hostiles, y nada se aclara por insistir. Pero que no te importe porque en el fondo todo esto solo define el marco y nada más; por así decirlo, el metro cuadrado de suelo donde plantamos los pies. Pero la acción, la acción es otra cosa. No sus resultados pero su carácter puede decidirse; y esta decisión forma parte del núcleo duro de la realidad.
Querido Guillermo:
Todo se muere —internet, Dios, el autor y el futuro, las croquetas, tú yo—, y todo lo que se muere deja el mismo rastro: un marco sin cuadro, una barco sin orilla. Fulgores vacíos en la noche; y mientras tanto uno tiene que vivir igual.
Imaginemos a un náufrago que toma por hogar el tablón al que se aferra. La hipótesis es absurda pero tiene una consecuencia interesante y es que excluye la posibilidad misma del naufragio.
Por supuesto esta es una forma de ceguera igual de realista que su contraria, en la que un náufrago ortodoxo se desespera en alta mar. No importa, la cuestión es que entre lo que queremos y lo que ocurre hay un corte limpio, y ese corte, no su resolución, es donde habitamos; y es de este lugar de donde vienen tanto el consuelo como el daño. La vida.
Así que:
Querido Guillermo, sigue sin saber adónde vas. Es la mejor noticia que me has dado. Significa que estás vivo.
Te quiero.
Un fuerte abrazo.
—Oye, ¿no estás un poco negando la posibilidad de avanzar al decir que es posible avanzar?
—Sí.
—Entonces te contradices.
—Sí.
—Bien.
—Sí.




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