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El hombre intermitente

Verborragia

  • Foto del escritor: Javier Asensio
    Javier Asensio
  • hace 5 días
  • 7 Min. de lectura

Actualizado: hace 5 días

A una mujer que fumaba



Algunas veces vuelvo a leer cosas que escribí hace mucho tiempo. Esto no debería tener nada de especial, los hay quienes coleccionan sellos y los hay que coleccionan amantes, quienes atesoran fotos, y los que colecionan monedas 一cosas brillantes. Es normal cuando eres una urraca, que es lo que en verdad somos las personas一. También: es como volver a una calle que frecuentaste en otro momento de tu vida, volver a leer lo escrito; volver sobre tu colección; la maniobra de la ostra: regurgitarse hasta construir una concha negra, opaca, arisca e inútil para esconder una perla. Es normal cuando se es un bivalbo, que es lo que somos las personas. Bueno, en suma, que hay muchas razones para volver sobre lo que brilla y atesoras pero se resumen en una idea: te importa.


Es un poema, lo que traigo hoy. Escrito, como digo, hace mucho tiempo. Realmente mucho; y lo quería traer aquí por eso, porque me importa. Tengo mis motivos, que no vienen al caso, pero si me preguntaras, diría que fue en él la primera vez que me sentí escribir con mi emoción en lugar de por ella o para ella o arrastrado por ella. Y fue tan natural como lo es el movimiento de tu brazo cuando alzas la mano para coger algo, sin un deseo especial que lo motive y por lo que, lo que fuera, queda realmente a tu alcance y resulta satisfactorio. También las cosas chiquititas…





K. había querido en principio escribir algo. Algo más, se supone. Y había imaginado un texto en el que se mezclaban un breve ensayo y un cuento, confesiones ficticias y poesía. Había imaginado un todo compuesto de partes disímiles tal y como se da en las cruzas de los mitos, criaturas inverosímiles y que sin embargo forman un cuerpo completo. Un animal fantástico, eso había querido escribir. Tenía incluso un comienzo, así:


Llegan hasta los pies de uno dando saltitos un poco ridículos, desmañados, y cuando se las observa, se duda, pues no se entiende bien qué es eso que ahora tenemos enredado entre las piernas, ronroneando con una suavidad que se confundiría fácilmente con la ternura si no fuese uno hombre de mundo perfectamente al tanto de la maldad y de la estulticia y de lo muy hijo de putas que son sus semejantes. Pero se detuvo ante lo escrito, asombrado de cuánta impotencia violenta podían cargar las palabras. ¿Por qué hablas así?, imaginó que le podría preguntar su madre, y con razón. ¿Dónde has aprendido eso?, le diría la señora, y obviamente K. tendría miedo de la respuesta; y así debía ser, pues importante es lo que se le responde a una madre. Pocas cosas son más importantes, se dijo K. con el lápiz aún en alto, solo quizás el miedo que se le tenga a las propias respuestas.





Y el texto continuaba. ¿Adónde? Ni idea. Si supiese lo que voy a escribir antes de escribirlo, con seguridad no escribiría. Es muy legítimo, por supuesto, verlo de la otra manera: se tiene una idea y se escribe, y cuando resulta difícil es porque la idea no está muy clara. Se detiene uno entonces y piensa. De nuevo. Vuelve sobre lo mismo, un poco como un molusco vuelve sobre su vómito. Desde luego hay muchas conchas sin perla, costras negras y rugosas que solo guardan pliegues de carne blanda, húmeda y pálida; y en lo que atañe a este proceder a la hora de escribir, el cual parece muy extendido, uno, en lo personal, lo compara a los libros de une los puntos y colorea, el 3, 5 y 6 de blanco, el 2, 4, 8 y 9 de negro. Ahí lo tienes, una vaca. Mu.


Yo tengo para mí que escribir es difícil porque no hay un “antes”. Si hubiera primero una idea que luego se tradujera en palabras, entonces escribir sería un mero trasvase. Un movimiento mecánico de fluidos, con reglas complicadas, sin duda, pero definibles. Un campo apto para ingenieros, estadistas, contables y catedráticos eméritos en estudios de Administración y Dirección de Empresas, es decir, almaceneros con ínfulas de Bad Bunny.


Si aceptamos en cambio que las palabras vienen antes, sería el lenguaje lo que produciría las ideas y entonces escribir se convierte en pensar en tiempo real. Algo que desde luego no ofrece garantías y que lo deja a uno expuesto por completo. ¿Expuesto a qué? A la crueldad de la comunicación. La palabra en la plaza, como una cosa, ahí tirada, para que venga el primer inopinante a manosearla, usarla, manipularla y desecharla.


Boh, quizás es fineza, ese dejarla-ahí-tirada-para-el-siguiente. Después de todo también el lenguaje es una institución.



—«Il destino delle nostre istituzioni? Boh, forse è già segnato dal disinteresse collettivo», rispose il professore con un'alzata di spalle carica di rassegnazione


De Mis conversaciones con Google Gemini, Gigi para los amigos





Así que se lucha contra el origen, cuando se escribe. Cuando se escribe al menos sub specie scriptoris, denominación que me acabo de inventar y que pongo en latín porque básicamente me sale del toto. Mira, para la mayoría el lenguaje funciona de modo automático y las palabras parecen obedecer, plasman lo que uno quiere. Es algo así como ojear el folleto del súper buscando ofertas, o gustos precocinados exóticos para el caso. Pero lo cierto es que el lenguaje se resiste, muestra arbitrariedad como mínimo —cuando no una malsana voluntad propia y capacidad holgada de tocar los cojones— y especialmente, y si has llegado hasta aquí es porque lo has sentido en tus carnes, deja ver que ni tú ni él mismo sabéis aún lo que se va a pensar.


El vacío previo del que se parte, eso es lo que lo hace todo tan difícil, no la técnica. El “se” sujeto de lo que se va a pensar.


K.


Uno no manda sobre las palabras, y para colmo, de ellas depende lo que llegará a ser una idea. Y por eso la escritura no es espejo, no refleja nada de nada. Cada palabra cuenta, no hay atajos simbólicos ni técnica milagrosa. La forma es el pensamiento. La dificultad es ética: no falsear el proceso.



«Un escritor es alguien para quien escribir es más difícil que para los demás.»


Thomas Mann, “Un café con Gigi”, Alianza 1973.





Llegan hasta los pies de uno dando saltitos y parecen suaves pero sin embargo sus ojos son fijos; y la manera que tienen de moverse, esquiva y provocadora, deja claras sus intenciones furtivas. ¿Qué son? Cruces impuros con toda seguridad; sumas de mitades en ocasiones, en otras, la mayoría, las peores, compuestos de tercios, cuartos y sextos. No siempre son mezclas bonitas pero tienen todas las trazas de estar completas. Yo tengo varios de estos seres formidables rondándome desde hace tiempo; en ocasiones los escucho trastear por el piso, en la madrugada, antes del primer sol; abren la nevera buscando leche, inútilmente ya que yo no la bebo; sé que esto los enfada por el portazo con el que cierran y en ese momento yo me tapo con la almohada para reírme bajito en lo que queda de oscuridad, satisfecho. También es cierto que no tengo mascota, a dios gracias. Si la tuviera, con seguridad se plantarían ante ella para escrutarla como ante un gallinero. Imposible asegurar qué sucedería a continuación.





—Oye, ¿y lo del poema? Eso que habías mencionado… y tal.

 —Discúlpeme pero esa pregunta es una soberana idiotez, como muy probablemente saben ya todos.

—Vaya carácter.

—Miau.


Siena, 2026





1.

Hay una mujer

en la terraza de enfrente (la veo desde mi ventana).

Siempre hay una mujer, la misma mujer,

asomada a la terraza.

Es rubia y fuma —a veces sola, a veces no.

¿Es que no hace nada en todo el día

la mujer asomada en la terraza de enfrente

de mi ventana? me pregunto

pero claro, nadie me contesta.

La mujer

mira la calle y fuma —a veces hace sol, a veces llueve.


2.

Entro corriendo en casa,

tiro el abrigo en el pasillo,

impaciente, busco

un cigarrillo y voy a mi ventana.

Este gesto mío no es nuevo en los libros de historia.

Es un acto repetido escrupulosamente

en cada lugar, en cada vida, a cada instante

—con esto quiero decir que es un acto de peso, un acto moral:

correr a casa, quitarse el abrigo, mirar

desde la ventana.

Podría llegar a pensarse que se trata de algo más,

la demostración fehaciente de que todo acto moral

es el producto afectado de un imperativo biológico

(por eso además fumo cuando corro a casa

a quitarme el abrigo y mirar desde la ventana;

es un acto de revolución).


3.

Para sentir afecto

por algo,

o alguien,

basta solo mirar

el tiempo suficiente.

No la conozco, desde luego,

pero me emociona tal impedimento,

eso y la dulce melancolía

de repasar cada trocito

de esta intimidad

alimentada en mi retina,

robar a cada instante

un instante, inventar con ello

una vida paralela, simétrica

a mi propia vida, no sé,

algunos amigos me dicen que es

un consuelo, otros, los más osados,

una forma de fijación subliminal.


4.

(¿Pero cómo te llamaré, opaca mía?)

Al comienzo está el asombro.

Los pájaros vienen luego,

estos pájaros negros

colgados

del alambre

blanco.

Tú también tienes algo de pájara;

y volarás un día de estos,

lo sé, alto y rápido

volarás

pájara

un día…


5.

Entro corriendo en casa,

tiro el abrigo en el pasillo,

impaciente, busco

un cigarrillo y voy a mi ventana.

Todo estalla de repente, a fuera estallan

las cosas, se rompen y bailan

estrellas luces consteladas planetas girando

lunas y soles universos velocísimos

galaxias

sobre las que te sientas con toda la naturalidad

de ese gesto tuyo tan cinematográfico de las piernas cruzadas,

fumando, y el zapatito al extremo del pie, que oscila

entre la nada y esa fina columna de basalto que te anuncia

serena, única, desproporcionadamente opaca

en tu ocioso mirar el qué, ay, mi escuálida rubia del millón de cigarros,

pero qué es lo que verán tus ojos de inmortal, silenciosa, altanera,

estando como estás entre el zapato y el espectáculo de ese zapato

oscilante,

qué le añadiría al mundo si cayera

—pongamos que finalmente cayera,

ese zapato,

rojo,

qué le añadiría al mundo

en su vuelo

breve

de errante cometa

qué le pintaría al aire

qué al agua diríale

pez

extravagante

qué al qué

pero ay de mi qué

si tú fueras

qué

fueras.


6.

Entro corriendo en casa,

tiro el abrigo en el pasillo,

impaciente, busco

un cigarrillo y voy a mi ventana.

Ahí estás,

rubia del millón de rubias fumando.

Apenas

vaho

en el cristal.


Albacete, 2006




K. en espejo, o por qué la escritura no refleja nada de nada.
K. en espejo, o por qué la escritura no refleja nada de nada.


 
 
 

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